Desde la generalización del teletrabajo y el auge de la oficina flexible, los empleados de los grandes grupos también invierten en espacios de trabajo híbridos. A la cabeza están los espacios de coworking. Pero para muchos, la tentación es comportarse como en una oficina satélite: llegar, conectarse, hacer videoconferencias, marcharse. Sin embargo, un espacio de coworking ofrece mucho más que una oficina compartida. Es un caldo de cultivo de ideas, encuentros y sinergias, siempre que se sepa encajar. No se trata sólo de trabajar allí, sino de integrarse y, mejor aún, de construir una comunidad.

Alimentarse de espacios de trabajo flexibles


Construir una comunidad en un espacio de coworking empieza por un cambio de actitud. Para un empleado de una gran empresa, acostumbrado al entorno corporativo codificado, esto significa salir de su zona de confort y abandonar una lógica puramente transaccional. Aquí no se consume un espacio de trabajo, por flexible que sea, sino que se participa en un ecosistema. Esto significa interesarse por los demás, hacer preguntas, compartir experiencias, incluso cuando proceden de un mundo corporativo que a veces se percibe como distante o institucional. Un simple intercambio de café, una discusión sobre un proyecto o una ayuda técnica pueden convertirse en el punto de partida de una relación profesional duradera.

Pero una comunidad no se limita a intercambios informales. También se construye a través de rituales, momentos dedicados que ayudan a estrechar lazos. En un entorno de coworking, suelen adoptar la forma de talleres, desayunos de colaboración, sesiones de intercambio de experiencias o afterworks. Para un empleado de un grupo grande, es una oportunidad de romper barreras, explicar a qué se dedica y presentar su día a día profesional a personas ajenas a la empresa. A cambio, pueden descubrir formas de trabajar más ágiles y creativas, a menudo procedentes del mundo de los autónomos o los emprendedores. Estos intercambios interfuncionales tienen un valor incalculable: alimentan la curiosidad, inspiran nuevas soluciones y ayudan a descompartimentar el enfoque del trabajo.

Según un estudio realizado por Software Advice y destacado en las columnas de GPO, casi la mitad de los profesionales encuestados (47%) afirman ahora trabajar desde un espacio de coworking. De ellos, uno de cada dos valora especialmente la oportunidad de conocer a colegas, el 41% señala las oportunidades de establecer contactos y el 34% destaca la practicidad de la ubicación.

Unir culturas profesionales en un espacio de trabajo flexible

La fuerza del coworking reside también en su capacidad para unir mundos diferentes. Cuando un ejecutivo de empresa comparte oficina con un diseñador gráfico o desarrollador freelance, se produce un beneficioso choque cultural. El empleado descubre otros ritmos, otros modelos de negocio, otras limitaciones. Esto le lleva a replantearse sus hábitos y a cuestionar sus prácticas. Este intercambio, si es nutrido y sincero, puede convertirse en una palanca de innovación social para la propia empresa.

Algunas lo aprovechan para poner a prueba proyectos intraemprendedores, co-construir soluciones con actores locales o lanzar iniciativas a favor de la transición ecológica o la inclusión. Otras encuentran la energía para revisar sus propias formas de colaborar internamente.

De la oficina flexible a la experiencia comunitaria

Por último, sumergirse en un espacio de coworking es experimentar una relación diferente con el trabajo: más horizontal, más abierta, menos compartimentada. Para un empleado de un gran grupo, es una rara oportunidad de salir del marco institucional y conectar con un ecosistema vivo. No se trata sólo de ocupar una oficina flexible, sino de participar activamente en la vida de un lugar, de convertirse en un actor de pleno derecho en él. Esto requiere tiempo, atención y un compromiso real. Pero, a cambio, ofrece un enriquecimiento profesional y humano que las oficinas tradicionales ya no siempre proporcionan.

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